
Escribir sobre Carmen conmueve. Su vida es tan plena, llena de su misterio de mujer, de sus capacidades de estudio, de sus dotes de investigadora, de científica, de conocimiento de los Padres de la Iglesia, del catecumenado antiguo, del mundo, de la cultura judía, tan llena de amor a la Escritura, de amor a los Papas (no se perdía la lectura cotidiana de sus intervenciones en las páginas de L’Osservatore Romano), tan llena de Dios que uno queda sorprendido, fascinado, por su figura y no sabe por dónde empezar para hacer una breve presentación.
Bien escribió Kiko de ella cuando presentó sus Diarios:
“Ahora comprendo mejor tantos frutos del Camino. Dios nos ha dado una hermana con un grado de santidad único y no podía ser de otra manera, dada la importancia de la misión que Dios nos ha confiado. Leyendo su amor a Cristo me siento pequeño y pobre y no sé cómo agradecerle a Dios la gracia inmensa de haber tenido como compañera en la misión a Carmen. Cincuenta años sin parar un instante, de viajes, de escrutinios, de visitas a tantas comunidades en Madrid, Zamora, Barcelona, París, Roma, Florencia, Ivrea… Escuchando y escuchando a cada hermano sobre su vida, sus sufrimientos y su historia, iluminándola a la luz de la fe, de la cruz gloriosa de Nuestro Señor Jesús”.

Carmen Hernández Barrera, nació en Ólvega (Soria, España), el 24 de noviembre de 1930, hija de Antonio Hernández Villar y Clementa Barrera Isla, quinta de 12 hijos (tres murieron todavía pequeños), y fue bautizada el 28 de noviembre en la iglesia parroquial de Santa María la Mayor en Ólvega. A los tres meses se traslada con su familia a Tudela y más tarde a Madrid. Completó sus estudios en la Facultad de Ciencias Químicas en la Universidad Complutense de Madrid, con excelentes resultados. Trabajó en varias industrias familiares hasta que, en 1954, abandonó la prometedora carrera que su padre quería para ella, y siguiendo su vocación misionera, ingresó en el Instituto de las Misioneras de Cristo Jesús, recién fundado en España. Permanecerá en este Instituto hasta 1962, cuando deberá dejarlo en obediencia a sus superioras que no la admiten a la profesión solemne de votos. La motivación: ella y algunas de sus hermanas del Instituto no son consideradas idóneas al carisma de la congregación. A la luz de las lecciones sobre el Misterio Pascual del liturgista español p. Pedro Farnés Scherer, que acompañará gran parte de su vida, vivió este tiempo como una llamada del Señor a ofrecer a su Isaac, la vocación a la misión que siente desde su juventud.

Después de una larga peregrinación a Israel, siguiendo las huellas de los acontecimientos donde la Palabra de Dios se cumplió, y que dará un impacto existencial a su vida, vuelve a España con el deseo de unirse a sus hermanas en una nueva fundación que querían realizar entre los mineros de Bolivia… Pero el Señor desvía una vez más su vida hacia la periferia de Madrid, entre las chabolas de Palomeras Altas, donde Kiko, junto a una hermana suya, está empezando algo nuevo.
Cuando el 28 de agosto de 1965 la Guardia Civil inicia el derribo de las barracas de Palomeras, y comienza precisamente por la barraca del Carmen, Kiko convence al entonces arzobispo de Madrid, Mons. Casimiro Morcillo, para que se desplace personalmente hasta ahí para ayudarlos. Su presencia, efectivamente, detiene el derribo; Mons. Morcillo conoce a la pequeña comunidad que el Señor está construyendo en las barracas y queda fascinado de ella. Él viene del Concilio Vaticano II donde ha respirado toda la renovación que se está realizando en la Iglesia, y comprende su importancia y el don de Dios que esta puede significar para la Iglesia. Les permite celebrar la Eucaristía bajo las dos especies y hacer el eco de la Palabra. Para Carmen, ver al Arzobispo allí en las chabolas, bendiciendo esta pequeña semilla, será el signo eclesial que la convencerá a dedicar su vida, junto a Kiko Argüello, a formar poco a poco esa trama de iniciación cristiana que se convertirá en el Camino Neocatecumenal.


La vida de Carmen toma ahora esta orientación definitiva: su llamada a la misión será dedicarse enteramente, ofreciendo el fruto de todos sus estudios, de toda su gran espiritualidad, de toda su feminidad a la formación de un itinerario neo-catecumenal. Neo-catecumenal porque no se dirige propiamente a la preparación bautismal, como en la Iglesia primitiva, sino al renacimiento y al crecimiento en la fe de personas ya bautizadas.
Estas son, en breve síntesis, las dos grandes etapas de la vida de Carmen: la infancia y la juventud (hasta sus 30 años), como preparación, y luego, junto a Kiko Argüello, sin el cual —como complemento necesario— no habría podido actuar y poner en práctica esa “modalidad de la iniciación cristiana” que constituye el Camino Neocatecumenal.
El 5 de mayo de 2018, el Papa Francisco definió el Camino Neocatecumenal como “un gran don para la Iglesia de nuestro tiempo”. De este modo afirmaba indirectamente que también los iniciadores de esta “modalidad de iniciación cristiana” son un gran don para la Iglesia.


Carmen ha sido verdaderamente un gran don de Dios para la Iglesia de nuestro tiempo. El Papa San Juan XXIII convocaba el Concilio Vaticano II el 25 de enero de 1959, como respuesta del Espíritu Santo a “un orden nuevo que se está gestando”, y afirmaba que “la Iglesia tiene ante sí misiones inmensas, como en las épocas mas trágicas de la historia. Porque lo que se exige hoy de la Iglesia es que infunda el Evangelio en las venas de la humanidad actual”. San Juan XXIII puso este acontecimiento en el centro de la vida de la Iglesia del siglo XX. Toda la vida de Carmen se mueve en el cauce de las Constituciones Conciliares que constituyen el fulcro de este acontecimiento: la “Lumen Gentium”: Cristo, “luz de los pueblos”, pone a su Iglesia como comunidad cristiana en misión en el mundo; la “Sacrosanctum Concilium”: renueva la Liturgia, a partir de la Pascua y de la celebración de la Eucaristía; la “Dei Verbum”: devuelve a la Iglesia la Palabra de Dios, como lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro camino (cf. Sal 119,105); la “Gaudium et spes”: “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22).
Leyendo la vida de Carmen uno queda fascinado por cómo el Señor, a través de este recorrido conciliar, construyó las etapas de su existencia: la vocación misionera que la ilumina y la forja desde la infancia, sin darle tregua, arrancándola de su familia y de su sueño para ponerla al servicio de la Iglesia; el misterio de la Pascua que la une profundamente a la pasión del Señor —hasta sacrificar a su Isaac— en una kenosis (descenso) sin fin, para después unirla a la resurrección y ascensión de su Señor, vividas existencialmente; el amor a la Palabra de Dios que, primero, le hace recorrer los caminos de Tierra Santa y, luego, le hace descubrir toda la historia de la salvación, desde Abraham hasta el Apocalipsis en el servicio a la catequesis, para llevar a todas las comunidades a tener contacto vivo con la Tierra del Señor; con una intimidad de vida con Jesucristo, Señor de su vida: el kerigma hecho carne en su historia para ser llevado como buena noticia al mundo. Y como culminación de todo esto, un amor a la Iglesia —al Papa en particular— que sorprende y conmueve.

El Card. Antonio María Rouco, arzobispo emérito de Madrid, en la introducción a la primera biografía de Carmen, a cargo de A. Cayuela, escribió:
“Carmen Hernández Barrera fue una mujer de personalidad fuerte e indomable, una cristiana ‘preparada y dispuesta’ con uno de esos charismata clarissima (‘carismas extraordinarios’ LG 12) para contribuir a renovar y edificar cada vez más la Iglesia en el período histórico del Concilio Vaticano II, en fiel y obediente seguimiento y armonía con su doctrina y con sus principios eclesiológicos, espirituales y pastorales, orientados a un ‘aggiornamento’ (una ‘actualización’) de una nueva evangelización del hombre y del mundo contemporáneo”.
También el Card. Ricardo Blazquez, arzobispo emérito de Valladolid y anterior presidente de la Conferencia Episcopal Española, que conoció personalmente a estas dos personalidades, hace una valiosa lectura de la vida de Carmen, en relación con la de Kiko:
“Aunque Kiko es el catequista que habla siempre, y Carmen casi siempre escuchaba, unas veces orando, otras con inquietud, interviniendo de vez en cuando con alguna reflexión pertinente, es de suponer que el contenido de las catequesis y el desarrollo de los ‘pasos’ y de los ‘ritos’ del itinerario catecumenal, así como la organización de la evangelización a través de los catequistas itinerantes, locales y de las familias en misión, se debe conjuntamente al equipo iniciador. Cada uno ha aportado los dones recibidos de Dios. Sin intentar descubrir la colaboración individual, llama la atención que ambos se hayan mantenido fieles y unidos en el cumplimiento de la misión confiada por Dios, a saber, abrir en la Iglesia de nuestro tiempo un catecumenado para bautizados, que en la mayor parte de los casos no habían sido iniciados… Los dos, Kiko y Carmen, a pesar de las diferencias, y a veces de las disputas, han comprendido que se debían a la misión evangelizadora que los desborda. Ambos son personalidades vigorosas y, aunque la misión los ha ido puliendo, los rasgos peculiares han estado siempre vivos. Dios sorprende con su actuación que toca el corazón, a pesar de la limitación de los mensajeros de su misericordia. Los dos inseparablemente eran llamados a participar en los trabajos por el Evangelio (cf. 2 Tm 1,8-12)”
La cita, aunque larga, ayuda a comprender —sobre todo para quien los ha conocido personalmente— la relación profunda, incluso íntima, diría yo, si se comprende bien el significado espiritual de la palabra. Pero lo que de Carmen no se puede callar es su relación personal con Jesucristo. Sin ninguna exageración, quisiera hablar de su relación esponsal con Él, hecha de largos tiempos de oración y especialmente de la oración de la Iglesia. He notado que a partir de sus “Diarios” se puede reconstruir el Salterio cotidiano, porque los Salmos la nutrían diariamente. Una relación esponsal hecha mediante un diálogo íntimo, incluso poético:
Cuando todo se desvanece en nada
y la noche en oscuridad,
come el alma en la nada.
Señor, ¿dónde? ¿cómo? ¿quién eres?
Tú eres un Dios misterioso, escondido,
y tu ausencia hace imposible la alegría…
Jesús, Jesús mío,
grito a Ti noche y día.
Ven, ven,
Amor de mi juventud
y de mi esperanza.
Infúndeme energía,
que me desplomo en la nada.
Ven, Jesús. Te amo.
Sólo espero en Ti.
Ten compasión de mi
impotencia absoluta,
de mi nulidad radical.
Ven, ven Tú.
Eres Verdad, Único. Tú existes.
(3 de enero de 1979)

Se podría continuar este canto que comprende toda su vida, también sus últimos años, cuando el sufrimiento fue para ella una espina cotidiana.
Jesús, ¿es enfermedad, es la noche?
Son los complejos “nativos”.
¿Qué me pasa Señor?
Estoy enferma.
Me paso todo el día en un sufrimiento vivo.
Jesús, me despierto triste
y con miedo y en la nada.
Todo, ¿para qué?
Jesús, di a mi alma que eres Tú,
que estás tras esto.
Jesús, qué misteriosa la vida,
qué misteriosos los hombres.
Jesús, ¿es posible?
Ven, Señor, ten compasión de mí,
ilumina tu rostro, ven.
La noche.
Nada me interesa y nada veo.
Sin Ti sólo existe la nada.
Sin Ti ¿cómo es posible todo? [1].
Jesús, tú eres el fuerte,
tuyas son las iniciativas y la victoria,
tu eres el amor,
Jesús, si vinieses a tu noche
en esta noche,
si verdaderamente Tú fueras realidad,
Jesús, verías ensoñaciones de niña,
complejos de adolescente.
¿Dónde están, Señor, aquellos celosísimos amores
con que maravillosamente me consolaste la juventud?
¿Dónde te escondes, cuando empiezan a faltarme las fuerzas,
cuando es de noche y la vida declina?
Jesús, ven, si todo es verdad,
y tú me eres presente como una dulce respiración
y es verdad el pasado, el futuro
y eres conmigo, bésame Jesús,
y mañana nos iremos a solas
en medio de este mundo de consumo que te festeja.
Jesús, vámonos libres,
desatados, felices, creyendo y amándonos,
yo te daré de tu amor, con que dulce y suavemente vendrás a mí,
ven, Jesús, haz verdadera la vida,
Jesús, háznosla eterna.
Dime quién es el hombre,
Jesús, mi Señor.
(19 de diciembre de 1971, domingo) [2].



[1] Sirvan de ejemplo estas primeras anotaciones de sus diarios personales ya publicados, anotaciones redactadas entre enero y febrero de 1979. Cf. C. Hernández, Diarios 1979-1981, nn. 1.11.21.35.38.
[2] Documentos Carmen Hernández, Vol. 32, Diarios íntimos y escritos 1970-1971, 19/12/1971.



